Por Lourdes Landeira
05 Junio 2009
Editorial: Cuando se habla de prostitución, es habitual pensar en la mujer que cobra, o a lo sumo en un hombre que la explota. Pero nunca se la asocia con el que le paga, quien según varios especialistas en el tema, queda siempre oculto bajo una red social que lo protege y legitima.
Pedro R. acaba de cumplir cuarenta años; lo celebró rodeado de familiares y amigos y se siente satisfecho con su vida. Esposa, dos hijos -Camila de 8 años y Julián de 5-, casa confortable en el conurbano bonaerense, trabajo estable y ningún sobresalto económico. Cada miércoles, como parte de un ritual irrenunciable, tiene su "noche de hombres". Cena, charla, y lo que su modo de ver es "la mejor salida de amigos que se puede tener": cabaret.
Las características de Pedro no definen los rasgos del consumidor de sexo por dinero, es sólo uno más. "Todo varón de más de trece años está en seria potencialidad estadística de convertirse en un cliente de prostitución", señala el psicoanalista Juan Carlos Volnovich, autor del libro Ir de putas, que propone un retrato del prostituyente. Y agrega: "es una práctica convalidada por usos y costumbres que atraviesa a todas las clases sociales, a todas las edades, a campesinos tanto como a profesionales, a sanos y a enfermos".
Sandra, la esposa de Pedro, mira a su marido orgullosa. Cada mañana, antes de irse a trabajar, lo observa dormir plácidamente y sonríe, sabe que puede irse tranquila ya que él se ocupará más tarde de llevar a los chicos al colegio. Pedro entrena un equipo de fútbol infantil de un club de Lomas de Zamora; sus horarios son flexibles. Si bien su ingreso no es demasiado alto, el empleo de Sandra y la ayuda económica de su suegro les permite vivir cómodamente; el último año lograron incluso la casa con pileta.
Pedro R. es uno de los tantos hombres que contratan prostitutas sin hacerse demasiadas preguntas, como algo lógico y natural. Y que puestos a pensar en el tema, jamás sostendrían que con ese acto contribuyen a algún tipo de violación o abuso. Seguramente Pedro no lo imagina, pero para muchos especialistas, quienes contratan prostitutas son quienes deberían ser penalizados por la ley.
Sonia Sánchez, coautora con María Galindo de Ninguna mujer nace para puta, explica que lo primero que hay que hacer es "dejar la hipocresía y cuestionar el lenguaje". Plantea con absoluta convicción la necesidad de abrir el debate a la sociedad, "de desobedecer y rebelarse". Ya desvinculada definitivamente de la prostitución, que atravesó por años su vida, Sonia interpela al sistema patriarcal que coloca de un lado a la mujer, la madre, la esposa, la abogada, la obrera, y en otro lado, no legitimado, a la puta, la loca y la lesbiana. "La palabra puta puede caberle a cualquier mujer en cualquier momento, desde niña, por usar un vestido corto, por cualquier cosa, por nada", afirma, categórica.
Volnovich remarca que "las prácticas del patriarcado son, en general, reproducidas y reforzadas por las mujeres. Para ejemplificar cuenta el caso de una mamá que observaba que su hijo mogólico tenía dificultades para reprimir sus intereses sexuales, y contrató los servicios de una prostituta para que lo atendiera. Y no quedó ahí; las mamás de otros chicos con similares problemas, contrataron a la misma prostituta para que hiciera el recorrido con sus hijos.
La doctora en filosofía y actual diputada de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires por la Coalición Cívica Diana Maffía dice que nadie puede defender a las mujeres, sino ellas mismas, y al hablar concretamente de la problemática de la prostitución, subraya que el problema ético que plantea no pasa por la sexualidad, sino por "transformar a un sujeto en mercancía". Al decir de Sonia: "cuando eres puta tu cuerpo no te pertenece, es del prostituyente que lo alquila; tienes que adormecerte, de una u otra manera, para soportar la violación sistemática que es la prostitución".
Cuando a Pedro se lo interroga sobre el lugar en que coloca a la chica que lo atiende en el cabaret que frecuenta, dice que él sabe que es una mujer y no un objeto. "Es más, tengo un amigo que hasta se enamoró de una y quería hacer lo imposible por sacarla de ese lugar". Sin embargo, cuando se lo consulta por qué él y su amigo contribuyen como clientes al desarrollo de ese "oficio denigrante", queda sin respuesta.
"Es el proceso de la desmentida", teoriza Volnovich e inmediatamente aclara con un ejemplo: "es como lo que pasaba respecto a la dictadura, la gente común de las ciudades decía no saber lo que pasaba en los campos de concentración, pero podía contar con detalles el modo en que los militares invadían viviendas y se llevaban familias. Frente al conflicto intentaban una solución de compromiso y así nació el 'por algo será'. Es saber algo y hacer como que no, y eso hacen quienes pagan por sexo".
Maffía cree que los clientes no tienen conciencia acerca de lo que significa a nivel humano lo que realizan con sus prácticas. Por añadidura, considera que la sexualidad se ha mercantilizado también en la difusión y en la publicidad que dice qué y cómo hay que vivir, qué se debe consumir, cuánto se debe pagar. "Hay sexualidad para distintos poderes adquisitivos y la prostitución es el hecho quizás más relevante alrededor de la mercantilización de los cuerpos". Para Sonia, "la televisión es una fábrica de putas en donde las mujeres son sólo teta y culo", fragmentos de cuerpos.
Juan Carlos Volnovich sube la apuesta; para él, vivimos atravesados por dos sistemas de explotación: el capitalismo -la explotación de los ricos sobre los pobres- y el patriarcado -la explotación de los varones sobre las mujeres. "En la prostitución se entrecruzan y se potencian como nunca los imperativos de capitalismo y patriarcado", dice y avanza explicando que es probable que, desde que la mujer comenzó a reivindicar sus derechos y ha avanzado en el mundo público, se haya generado una reacción violenta de los valores tradicionales que afirman los estereotipos del hombre, la guerra, el fútbol y la prostitución. Para el psicoanlista, la globalización ha convertido el problema de la prostitución en el problema de la trata de personas, en general mujeres y niños y niñas destinados a ser prostituidos.
"El cliente es quien tiene el dinero, por eso él es el prostituyente, es una cuestión de oferta y demanda, sin esa demanda y sin esa capacidad económica prostituyente, no habría redes posibles. La prostitución es un acto de poder en el que se somete por dinero a otro ser humano", define, sin dudar, Diana Maffía.
Hace algunos años fue muy difundido el caso del actor de cine Hugh Grant, que contando con los atributos de "famoso, lindo, canchero, adinerado, con hermosa novia -Elizabeth Hurley-", fue encontrado teniendo sexo por dinero con Divine Brown, una prostituta que no encajaba en los estándares de belleza socialmente aceptados. El caso vale como ejemplo que tira abajo el argumento de que pagan por sexo los varones que no pueden conseguir una mujer de otra manera. "El pago no es inocente, porque el pago garantiza algo del orden de la humillación de lo femenino y garantiza coartar el deseo de la mujer", explica Volnovich. Para Pedro R. los hombres que pagan lo hacen para satisfacer deseos y fantasías que no logran con sus parejas estables; en cambio, dice que cuando es la mujer la paga por un acompañante sexual, es "porque es un bagre y no hay quien la mire".
El varón parece encontrar siempre una justificación y un motivo para denigrar a la mujer. Pero no está sólo en esa tarea, hay todo un entramado social que lo acompaña. Sonia insta a las mujeres y especialmente a las prostitutas a quitar el maquillaje del lenguaje que tapa y oculta realidades, y dice: "las putas no tenemos maridos, tenemos fiolos, las putas no tenemos clientes, tenemos protituyentes". Maffía, en relación a la invisibilización que opera sobre los consumidores, resalta que en Buenos Aires, desde que el jefe de gobierno Maurico Macri instaló como contravención la oferta y demanda de sexo en la calle, se multiplican las actas realizadas a las mujeres, pero son casi inexistentes las labradas a los hombres. "Es una paradoja", ironiza, y explica: "para que haya infracción tiene que haber dos, pero con los clientes arreglan informalmente para no delatarlos". En el mismo sentido, Volnovich señala que en las notas periodísticas que difunden los medios, se suelen ver a las prostitutas, a los lugares, pero no a los clientes ni a las chapas de los autos que salen. "A ellos se los oculta y disimula en una especie de complicidad de caballeros", concluye.
Pedro R., quien está convencido que nada tiene que ver con él la trata de personas con fines de explotación sexual ni la denigración de la mujer, cree que seguramente Julián, su hijo, en un futuro próximo, además de tener relaciones sexuales con compañeras y amigas de su edad, visitará también prostíbulos. Sin embargo, respecto a su hija mujer, Camila, espera que sepa "hacerse valer para no caer en las garras de cualquiera que le haga el verso".
El poder de los varones ocupa el centro de la escena y su papel es determinante en el mercado de la oferta y la demanda. A diferencia de otros casos, como puede ser el de la droga, donde el narcotraficante ofrece el producto que tiene, la demanda es la que define el mercado de la prostitución. "Los varones comienzan a pedir productos exóticos, travestis, asiáticas, niñas, y así van definiendo las redes de trata", asevera Volnovich, quien en cuanto a la prostitución se declara abolicionista, pero advierte: "En países como Suecia, donde se instaló la cultura abolicionista, esto es, penalizar al cliente [y despenalizar a la prostituta], bajó notablemente el consumo de la prostitución pero aumentó tanto más notablemente el turismo sexual de los suecos a los países periféricos. Esto significa que los países centrales podrían darse el lujo de abolir la prostitución porque los periféricos se convertirían en su burdel, como ya está pasando en países centroamericanos".