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Prostitución y feminismo (lecturas)








"En la prostitución la palabra
trata no existe.
El tratante es el fiolo
al que yo llamo marido.
Es mi padre.
Es mi hermano.
Mi familia.
En la prostitución la palabra
trata no existe.
Existe lo que yo llamo 'plazas',
y consiste en pasar
quince días en burdeles asquerosos,
donde somos carne nueva
para ser explotadas,
manoseadas, violadas por el
prostituyente-torturador
que es tu marido,
tu hermano,
tu hijo,
tu padre,
tu vecino.

Por eso yo, Sonia, la puta de tu
esquina, les digo:
No me dicen nada sobre mí
cuando dicen 'trata'."


--Sonia Sánchez, coautora del libro "Ninguna mujer nace para puta""





“La prostitución tiene que ser entendida como violencia sexual contra la mujer” --Feminismo Radical

Archivo: Diciembre 2008

24/12/2008 GMT -6

In memorian de E.

piezasdeaocho @ 01:01

Lo siguiente es una entrevista a "Eva" publicada el 23 de agosto de 2006 en la agencia de noticias lavaca, y republicada el 25 de noviembre de 2008 en su memoria.

Eva: la cruel verdad

La mujer que llamamos Eva, en su cama del hospitalLa historia de la mujer que aquí llamamos Eva simboliza la situación de prostitución y humillación que forma parte del paisaje urbano, pero que muchos omiten mirar. Tiene 64 años, se inició como prostituta a los 20 en el Chaco, luego en Flores y Once, y ahora está internada en el Hospital Álvarez con diagnóstico de VIH. Sonia Sánchez, de Ammar Capital, la entrevistó obteniendo este excepcional testimonio para lavaca. Pobreza, discriminación, familia, el valor del dinero, clientes, golpizas, la vida cotidiana de la prostitución, los sueños, las confesiones susurradas, para comprender parte del mapa de la exclusión.

In memorian de E.

La mujer que aquí llamaremos Eva está en una cama del Hospital Álvarez, llagada, con un brazo roto, y pasó algunos días empapada ya que las enfermeras no querían atenderla al conocerse el resultado positivo de su examen VIH. Además, le diagnosticaron sífilis. Eva tiene 64 años, y se prostituía para poder comer. Sonia Sánchez, una de las fundadoras de Ammar Capital, ha estado largas horas acompañándola y compartiendo con ella sus dolores, en días que –irónicamente– los medios comerciales informaban profusamente sobre un congreso global en donde expertos de todo el mundo debatían acerca del Sida y la prostitución. Así nació la idea de esta entrevista para lavaca, como una forma de describir el rostro real del sida, su origen, y la situación que nadie parece querer mirar: miles de mujeres paradas en la calle para combatir la pobreza a fuerza de la humillación y la prostitución.
La relación con la familia, las golpizas de los clientes, la discriminación, el sentido práctico de la palabra “luchar por la vida”, el significado de los sueños. De eso y mucho más trataron Sonia, y la mujer que aquí llamaremos Eva, en una conversación con luces y sombras, de confesiones por momentos casi susurradas, junto a una cama del Álvarez.

-¿Dónde naciste?
-En Chaco, en Barrio Vernet. Y fui a Resistencia cuando tenía 18 años y tuve a mi primer hijo. A los 19 tuve al segundo y bastante después al tercero.
-¿Cómo empezaste a prostituirte?
-A los 20 años. En Resistencia, Chaco. Porque estaba sola con mis hijos, no me alcanzaba la plata del trabajo, mis hijos pasaban hambre, mi mamá pasaba hambre. Y bueno. Ahí, a los 20, yo ya fui (dice la palabra susurrándola, como si contara un secreto) prostituta.
-El hambre te empujó.
-El hambre, la pobreza me llevó a la prostitución. Porque en ese tiempo que te cuento, cuando mis hijos eran chiquitos ¿qué te pagaban por un trabajo? Dos pesos con cincuenta, cinco pesos. Claro, era plata, y no era plata: no me alcanzaba. Una vez hablando con una amiga, ya la tenía cansada pidiéndole plata. Me dijo: ¿querés ganar plata? Yo me reía, le pregunté cómo. Y me dijo: yo hago esto y esto. No digo que me llevó. Fui porque lo decidí yo.

>>> Uno o dos pases

-¿A qué edad llegaste a Buenos Aires?
-Acá hace 30 años que estoy. Mi hijo más grande tenía 7 años, el otro 6. Yo tenía mi casita en el Chaco, pero me trajo una hermana mía a vivir en un departamento de ella, para que se lo cuide, y de paso podía hacer atender a mi segundo hijo, porque tenía parálisis infantil. Ya tuvo cuatro operaciones. Yo vine con dos chicos y mi mamá. Y trabajaba por hora. Cuando llegué acá dejé la prostitución y trabajé en fábrica de costura, de planchado. Me llevaba al departamento para planchar y para coser: amanecía y anochecía así. Y por ahí, pegaba una salida, ¿entendés?
-Sí.
-Y hacía un pase o dos pases (N de R: con la palabra “pase” alude a tener sexo a cambio de dinero) antes de ir a mi casa, y era plata que me alcanzaba para mantener a la familia. Yo era el sostén de la casa.
-Después, volviste a Chaco.
-Y ahí sí me largué a trabajar a la calle.
-¿Fuiste detenida alguna vez?
-Sí, la detención era de 15, 20 y 30 días, y si te portabas mal, caías de nuevo. Yo estaba 30 días, salía y a los dos días caía 15 días más. Dos días, y volvían a darme 20.
-¿En ese momento sabías de los profilácticos, de las enfermedades de transmisión sexual?
-No, en ese tiempo no se sabía nada. Pero a las mujeres detenidas las llevaban al médico, y si la mujer estaba enferma no salía aunque cumpliera su condena.

>>>La batalla en el hotel Fénix

-¿Y qué pasó cuando empezaste a pararte en Flores y en Once?
-No me gusta mentir. Yo vine a laburar, y no me querían en la plaza porque no me juntaba con nadie. ¿Por qué? Porque miraba y si veía a la policía me piraba a mi casa, me rajaba, porque tenía a mi mamá enferma.
-Era la época de los edictos policiales.
-Claro, pero nunca fui detenida. Acá entraba y salía, entraba y salía. Nunca fui al asilo, yo sabía del asilo donde internaban a las que caían, porque las chicas contaban. Pero lo mío era unas horas, media hora, una noche. Nada más.
-¿Cuánto tiempo estabas en la calle?
-Tenía que estar siempre, como siempre. Por ahí tenía suerte, llegaba y la suerte me acompañaba, pero por ahí me pasaba toda una mañana desesperada por todos lados para poder hacer algo. No fue fácil.
-¿Tenías miedo?
-Nunca tuve miedo.
-¿Nunca, o te lo empolvabas, y lo disimulabas de otra manera?
-Yo no tenía miedo a nada, sabía todos los peligros. Cerraba los ojos y me iba. Yo era, te diría, sin conciencia. Si me tenía que hacer el peso, yo me hacía el peso. Pero a mí me han pegado, me han castigado, me han puesto cuchillo en la garganta.
-¿Quién, el prostituyente?
-Sí, yo me a acuerdo que ya había fallecido mi mamá, y estábamos muy pero muy pobres. Empecé a trabajar en limpieza otra vez. Pero bajaba de noche y me quedaba en la calle. Vine a Flores y empecé a trabajar bien. Todo salía bien. Llevé a un tipo al hotel, y me cagó a palos (se ríe), me pegó muchísimo. Primero me pagó lo que yo le pedí, pero después cuando estábamos en el cuarto me quiso sacar la plata. Me amenazaba, que le tenía que dar la plata porque había una mujer que era la que lo mandaba. Y que si no le daba la plata, esa mujer me iba a hacer matar. Yo le dije que no tenía miedo. Empezó a pegarme y yo también peleé, como un hombre. El tipo me quería encerrar en el baño, y yo no lo dejaba. Fui a abrir la puerta y le tipo viene corriendo y me pega un sopapo. Pero cuando levanta la mano yo aproveché para pegarle acá abajo, con tanta suerte que se cayó, y salí disparando. Fue ahí, en el Fénix al lado de Plaza Flores. Gracias a Dios no me sacó nada. Era lo de todo el santo día: ciento y pico de pesos me quería robar. Era la primera vez que me aguantaba las trompadas así, en la calle, trabajando. Quedé toda lastimada, pero no le di la plata. Pero te quiero decir: yo dejé de trabajar en la calle.

>>> Un peso, sesenta y cinco centavos

-¿Y de qué vivías últimamente?
-De lo que trabajan mis hijos, de lo que ustedes (por Ammar Capital) me ayudaban. Fui a lo de las monjas de Flores y ellas me daban mercadería. Empecé a estudiar corte y confección, a coser, y vivía de eso. Por ahí, si encontraba a algún amigo, algún conocido, podía ser, pero ya es distinto.
-No te ibas a parar todo el día. ¿Pero qué pasó con tu brazo, hermana?
-Yo venía una mañana a la oficina de Ammar Capital, iba caminando y me tropecé. Porque ese día no vine en colectivo. ¿Sabés por qué? No tenía plata. Tenía un peso y sesenta y cinco centavos. Les había dejado un peso a mis hijos para que compraran pan. Y cuando iba a tomar el colectivo, no venía, no venía, y dije “voy caminando y así me compro pan sin sal, todavía es temprano y voy a llegar bien”. Vine caminando medio apurada, me resbalé y me caí.
-¿Cuál es tu lucha ahora? Vos contabas que antes era mantener a tu familia ¿Cuál es hoy?
-Luchar por mi vida. Porque yo el año pasado tuve un derrame, que gracias a Dios quedé bien, pero después me hice todos los estudios y me dijeron que tenía VIH.
-¿Cómo fue ese momento?
-Fue muy amargo, cuando la doctora me lo dijo. Me avisaron que el análisis había salido mal. Al otro día me levanté a las 5 de la mañana, me vine de Merlo a Flores, y le digo a la doctora: ¿qué pasó? Me dijo:
“Salió mal el análisis de VIH, te vamos a hacer otro”.
Vine unos días después. Yo soñaba todo el tiempo con eso. Y me dijo de nuevo que había salido mal. VIH positivo. Reactivo decía, pero yo no entiendo. ¿qué es esto?
“Que tenés VIH. Pero además tenés sífilis”.
Y yo me largué a llorar. Y le dije:
“Doctora, ¿qué hago ahora? ¿Cómo hago?”
Porque además, me tienen que operar del corazón, me tienen que poner una válvula. Lloraba como una condenada. Me dijo:
“No sé, te voy a mandar a una infectóloga”.
Cuando salí lloré, lloré, y hablaba sola en la calle. A mí la enfermedad no me va a poder, de mis hijos no me va a quitar. Yo me voy a curar. Porque te voy a ser sincera, en ningún momento pienso que tengo realmente eso.
-¿Será una forma de protegerte?
-Puede ser, Sonia, todo puede ser.

>>> “No me toque ni la ropa”

-¿Esto que te pasa no s resultado de cuánto sin forro? Es un contagio, cuando sabemos cómo cuidarnos.
-Totalmente. Pero lo que yo no termino de entender es algo. Yo te dije que trabajaba de chiquita. Yo no sé con cuántos yuyos me fui a bañar para poder estar con mis chiquitos y sacarme el olor que tenía, porque yo me iba con cuanto borracho hubiera tirado por la calle si tenía plata. Fue años atrás. Yo me cuidaba de otra manera, no con preservativo. Yo nunca usé preservativo en ese tiempo. Yo usé preservativo hace menos tiempo cuando empezaron todas las campañas.
-El 98.
-Desde entonces usé preservativo. Pero antes no tuve nada, ni un contagio de nada. No es que me mande la parte. Una vez me dolía el vientre, impresionante, y yo pensé “acá me pudrí” como se decía antes. Fui al doctor y al día siguiente me vieron que tenía casi cortado el cuello de la matriz, por un animal que me agarró. Lo acepté por la plata, ¿entendés? Pero fue tan grande que me lastimó. Yo soy estrechita, y tengo la matriz baja. Por eso me lastimaron muchísimas veces.
-¿Sentís que además, ahora al estar aquí, hay discriminación?
-Sí que hay, acá me discriminaron. Cuando me interné hace unas dos semanas, estaba toda brotada, toda impresionante, y nadie me quería atender. Vino mi hijo y esa noche ni al baño pude ir. Estaba como ahora, con el suero y el yeso. Y empapada de hacerme pis. Y me miraban y decían: “ahora venimos”, pero se fueron. Nadie me trajo ni la chata, ni una toalla. A la mañana vino una enfermera que me dijo: “No me toque, por favor no me toque ni la ropa”.
-¿Contestaste algo?
-No, esos primeros días yo era como un perrito, me sentía muy mal, muy dolorida. Lo único que hacía era rezar y pedirle a Dios que me ayude, que yo lo necesitaba. Pero no me daban bola y yo no tenía ni ganas de discutir. Siempre soy contestadora. Pero no quería ni hablar. Pero a esa enfermera yo le dije otro día: “usted no me quiso atender”. Ahí vino mi hijo que se puso re mal y dijo “yo la voy a llevar a mi mamá al baño” y las enfermeras entonces dijeron “no vos andate tranquilo. Al final vinieron toda la noche a preguntarme si me sentía bien y me atendieron de maravilla, pero le tuvimos que hacer frente. Recién ahí me atendieron. Hasta me habían puesto un barbijo, yo no tengo problema, si lo tengo que usar lo uso. Pero vino el doctor y me lo sacó de un tirón.

>>>No hay que hacer hijos

-Si pudieras ver al ministro de Salud ¿qué le dirías, qué le reclamarías como persona de 64 años que estás luchando por tu vida con VIH?
-Yo pediría que me ayuden con una pensión porque yo no tengo nada, y me corresponde. Yo estaba haciendo los trámites para que digan cuánto de invalidez tengo por lo del corazón. Porque ya no sirvo para trabajar. Y ahora menos que menos tengo de qué vivir. Porque hasta hace unos meses yo me mantenía haciendo almohadones, manoplas, y las vendía. Aparte de las changas. Tengo un hijo que no consigue trabajo y vive de changas. Ellos tampoco tienen. Porque si tuvieran, yo no necesitaría nada, los obligaría a que me mantengan porque si yo luché tanto por ellos, ellos tienen que hacer algo por mí. Me dan lo que pueden, pero el día que yo no consigo un kilo de azúcar o un pedazo de pan para comer, no come nadie. Y mi hijo es un hombre grande, ya tiene 46 años el mayor. El más chico va a cumplir 31 años. Él es pensionado. Porque él no ve. Si se enteran que es pensionado, me tiene que mantener con la pensión de él que es de 300 pesos, poco más.
-¿Y el resto de tu familia sabe lo que te pasa?
-No, no lo sabe, no quiero que sepan. Mi hermana es viejita, y ella nunca se ocupó de mí. Fui discriminada por mi familia.
-¿Por qué?
-Por lo que yo hice. Por prostituta. Mi hermano era policía, sargento primero retirado, se retiró por enfermedad. Él y mi hermana jamás me ayudaron, ni cuando yo atendía a mi madre. Ellos tenían toda una obligación de familia, que no cumplieron, y me la hicieron cumplir a mí que era la más chica. Cuando iba a tener a mi hijito más chico mi hermana me dijo: “Vos tenés que dejar de hacer hijos, y acomodar esta casa para que mamá viva como la gente”. Una vez estábamos en el Chaco, hacía dos días que no comíamos. Cuando me dejó mi marido. Mi hermano vivía a dos cuadras. Mi mamá fue a pedirle fiado a la señora del almacén, Jacinta. Un kilo de azúcar, mortadela, quesitos, yerba y panes. Mi mamá no podía comer eso porque era enferma del corazón, pero cuando no teníamos nada comía cualquier cosa. Y después fue a verlo a mi hermano Oscar. Me dijo: “mirá hija, estás haciendo un gran sacrificio, hiciste una casa como la gente, yo estoy con todas las comodidades, hoy porque tenés un hijo y no podés ir a trabajar, nos estamos muriendo de hambre. Voy a hablar para que nos ayude”. Hacía 40º de calor y ella fue a ver a mi hermano. Y él le dijo, te juro Sonia: “así que querés comer? Sentate que te doy un plato de comida. Porque lo que es a tu hija no vas a llevarle ni un pedazo de pan ni para ella ni para los guachos que tiene, porque para tener un hijo hay que tener dignidad”.
Pero no me estaba negando a mí, le estaba negando a la madre. Entonces mi mamá lloró, lloró, y le dijo: “Está bien Oscar, mirá lo que te voy a decir: ustedes por hijos de mil puta que son tanto vos como tu hermana, no van a tener la suerte de verme en el cajón”. Yo no tenía idea de venir a Buenos Aires, y mi mamá me trajo.

>>>Clientes de años

-Decías que la enfermedad no va a poder con vos. ¿Estás pensando cómo seguir adelante?
-Yo no pienso en la enfermedad. Yo sé que estoy enferma, sé que me tienen que operar del corazón. Y cuando me componga voy a seguir con mi costura, voy a seguir adelante. Así tenga que ganar dos pesos, en ningún momento dejo de pensar que tengo que trabajar. Y que me tengo que curar.
-¿No pensaste quién pudo haberte contagiado?
-No, porque no tengo idea de cómo me pasó esto. Yo, contando bien pero bien, hace más o menos dos años que no trabajo. Alguna vez después me iba con clientes que conocía, clientes de años que me pagaban muy bien. No lo voy a negar. Pero no sé quién fue. Ahora hace poquito que estoy tomando las pastillas.
-¿Y tus hijos?
-A ellos les conté. Les dije “yo les pido mil perdones por lo que me pasa, por Dios, les pido perdón”. ¿Y qué te pasa? “Tengo VIH” ¿Estás segura, por qué nos pedís perdón? Sí, les pido perdón por haber llegado a lo llegué. Pero me daba mucha vergüenza que después de 64 años me pasara esto, una vieja como yo. Bah, yo no me siento vieja, me sigo sintiendo joven. Pero a esta edad...
-¿Ellos sabían que te prostituías?
-De chicos no. Cuando los grandes ya tuvieron 18, 19 años, los llamé: “Les quiero decir algo, yo me mantengo de la prostitución. Si ustedes quieren rechazarme están en todo su derecho, y yo estoy del lado de ustedes si tienen vergüenza de una madre prostituta. Pero yo les pido mil perdones y si ustedes quieren irse de mi casa ahora que se pueden mantener solos, pueden irse. Pero yo soy, y voy a seguir siendo, de esto no me saca más nadie. Yo igual los voy a tener en mi corazón porque ustedes son mis hijos siempre, de acá a los siglos. Pero si quieren despreciarme tienen todo su derecho”.
-Qué momento. ¿Qué te llevó a decirles la verdad?
-Soy una mujer que no sé mentir. No quería que se enteren por otro lado. Un día me iban a decir: “¿Mamá, qué hacés vos?” Cuando yo caía presa les hacíamos creer que estaba en la casa de una amiga, pero ellos se sentían como abandonados por mí. Un día me cansé. Les dije: “No puedo más este silencio. Porque yo me tengo que acostar con un tipo para traer un plato de comida a mi casa”.

>>> ¿Prevenir el sida, o prevenir el hambre?

-Vos sabés que en Toronto hubo un congreso mundial de sida, estuvieron desde Bill Gates que es súper millonario, Elton John, los presidentes, todos diciendo que van a trabajar sobre el VIH. Hay ONGs, de todo. Vos, como persona con VIH, ¿qué les dirías a esas personas que van a traer todo ese financiamiento para trabajar en el tema. ¿Qué sugerirías? ¿Qué pensás que se puede hacer?
-Que tienen que ayudar a las personas que están enfermas. Porque las chicas jóvenes, que tienen VIH, que están completamente fulminadas, yo veo que piden en la calle. Trabajan en la calle. Porque les dan los remedios, pero no les dan trabajo. Y a personas grandes como yo, que ya no puedo hacer un trabajo por mi edad, yo pienso que tiene que haber una ayuda. Porque hay gente que no come. Y así no se puede mantener, ¿y cómo hacés para que una chica joven busque otra manera de vivir? Tienen que hacer eso para que haya prevención.
-¿Pero puede haber prevención por más que repartamos preservativos cuando hay hambre, cuando no sabés leer o escribir?
-No, la gente no tiene que comer y tiene que mantenerse. Me parece que tienen que entender que esto es una enfermedad, no es un negocio. No es una propaganda. Lo que hay que hacer es ayudar a la gente que está con este problema. Mentalizarla para que tenga un trabajo, y si no puede trabajar, que le den un subsidio, que le den una plata para que se puedan mantener. Porque el que es rico que tiene esto, tiene como mantenerse. Y el pobre no puede ni comprarse el pan. La gente que está con eso y usa droga, es para encontrarse más fuerte. Pero así no luchan para vivir, luchan para morir.
-¿Y el gobierno? Una vez por mes mandan la caja de Política Alimentaria.
-Ah, no, yo te voy a decir una cosa. La caja te ayuda, pero si vos no tenés una plata para comprar pan, ¿de qué vas a vivir, a pura arveja, arroz, fideos, polenta? ¿Todo hervido, y que te alcanza para una semana? Después te queda yerba, azúcar, y no tenés más nada. Entonces tiene que haber plata, porque sin plata no comés, hermana, no te sirve. No podés comprar carne, ni verdura. Pero en este país es al revés: le dan la plata al que no necesita. Y no hay trabajo.
-¿Tus hijos no tienen trabajo fijo?
-Mi hijo se recibió de operador de computación, matriculado, con certificado, se fue con una carptetita y le decían ¿tenés experiencia? ¿Y cómo va a tener si nunca le dieron una oportunidad? Si no tenés un padrino, morís sin flores. Si no te ayudan para ir a un Coto, a un Carrefour, no entrás. Y te quedás afuera.
-¿Tuviste algún plan social?
-No, solo el de microemprendimientos, con ustedes.
-Que duró seis meses.
-Fue lo único. Porque yo tengo una casa, que no es de lujo, pero hay de todo. Tengo una eladera, una mesa como la gente, un televisor. Cuando vino la asistente social ¿sabés qué me dijo? Ah, señora, usted tiene la cama, el ropero, y viene a pedir...
-¿Tendrías que vivir en el suelo?
-En una cucha. Le dije de todo. Yo tengo cositas porque alguna vez trabajé. Me lo gané. Pero entonces ahora tengo que explicar que no tengo ninguna entrada, y que tengo la invalidez del corazón.

>>> El voto comprado

-¿Y qué pensás de las jubilaciones de privilegio que tienen muchos ex presidentes?
-Y bueno, se las dan porque ellos tienen plata, hermana. Esas son figuras. Ahora salió esa pensión que te podés jubilar de ama de casa, pero tenés que llevar 50 pesos en la mano para que te puedan hacer los papeles. Y si no tenés, no te lo hagas. Y tenés que pagar el abogado, esto y aquello. Y después te dan la jubilación. Pero vas a cobrar y te sacaron ya todo. ¿Cuánto cobrás, 50 pesos, 100, 150? Entonces ¿Cuál es la ayuda del gobierno?
-Una burla.
-Eso. Una burla, ¿sabés por qué? Porque yo te digo: a mí, cuando iba a haber las elecciones, los políticos me dieron una pensión por la tercera edad.
-¿De cuánta plata?
-De 120 pesos cada dos meses. Tengo el recibo, que puedo mostrarlo. Encima ahora no me pagan porque yo estoy enferma, y la única que puedo cobrar soy yo. A mí me da vergüenza. Eso no es pensión. Eso es una cosa que los políticos me dieron para que yo sea del lado de la política, para que vaya a votarlos.
-Te compraron el voto.
-Sí, y como me compraron a mí compraron a un montón de viejitas, pobrecitas, que están peor que yo. ¿Y sabés qué más tuve que hacer? Tuve que negar a mis hijos, decir que vivía solita, que no tenía absolutamente nada. Yo tuve que negar a mis hijos para una mierda, que me perdonen, de 120 pesos que no me alcanza, en la provincia.
-¿Cómo se llama lo que vos cobrás?
-La pensión de la tercera edad. Ahí tengo el recibo, sacá y mirá. Encima, voy a cobrar en el banco y mis hijos se ríen. “No vas a ir sola” me dicen, porque el banco está enfrente de una plaza, ahí se ponen los chorros, y a cuántas viejas les han roto la cabeza por 120 pesos. Ah, y después a fin de año te dan pan dulce y dos turrones.
-¿Dónde vivís, hermana?
-En Merlo. El único beneficio que tengo es un bono para viajar gratis desde las nueve de la mañana hasta las cinco y media de la tarde. El problema es que si me vengo a atender y termino a las seis de la tarde, tengo que esperar hasta las nueve de la noche para poder viajar con ese bono.
-Ese tren que vos tomás está privatizado y tiene subsidio del gobierno.
-Yo no sé qué pensar. Todo es una burla. Pero yo necesito ir, venir, trabajar, porque si no me muero de hambre. Yo siempre luché con mi trabajo. Yo no viví en la calle ni pedí en la calle. Me sudó el lomo para tener un mango. Hasta ahora. Nunca fui a pedir en una parada de colectivo. Y cuando agarré una moneda, es porque me la gané. Y yo pago impuestos. Porque si no pago la luz, la cortan. Agua no, porque tengo bombeador. Esa es la pobreza de la gente. Cuando mi hijo que está sin ver fue a pedir una pensión para mi, ¿sabés qué le dijeron? ¿Por qué no trabajan de cartoneros? Porque los cartoneros ganan bien. Pero yo no tuve hijos para cartoneros. No es un trabajo. Ojo, no es una deshonra, y no estoy discriminando. Pero tenés que tener mucho... como nosotras, que somos putas. Para ser puta tenés que tener mucho, y habrá mujeres, pobrecitas, que están sufriendo en la vida porque no se animan ni siquiera a ser putas. ¿O no? Eso pasa. Pero yo no estoy discriminando al cartonero.

>>> ¿Qué muestra una prostituta?

-Estás contando cómo ves la realidad.
-Ellos, el hombre que es cartonero y que vive muy bien ahora, y llegó a ese coraje…
-Pero el cartonero tampoco vive bien.
-Poné una suposición, que por ahí no le falta plata, no le falta nada, pero tiene que estar todo el día y la noche en la calle. Tiene que andar juntando cartón. Yo no tuve hijos para que sean cartoneros. Yo les di estudio a mis hijos. Yo me rompí, porque yo era analfabeta redonda, tenía que andar sacando las cuentas con los dedos: cuando compraba con 10 pesos las cosas, tenía que sacar con los dedos las cuentas para que no me fueran a joder, porque esos 10 centavos que me quedaban me hacían falta. Me rompí el alma, vendí el alma al diablo, cosa que nadie va a saber eso. Vendí mi alma al diablo, y perdí la vergüenza, y mi dignidad. Porque la mujer prostituta pierde la vergüenza, A ninguna mujer le gusta estar parada en una esquina, llena de pintura y mostrando lo que vos no sos, o algo que no es tuyo. Porque la mujer prostituta muestra lo que no es de una. Y si vos te tenés que ir a acostar con uno y con otro, perdés la vergüenza. Por eso somos discriminadas. Pero nosotras tenemos que hacer eso, porque de algo tenemos que vivir, y nunca tuvimos una ayuda del gobierno para que salgamos de eso. Yo, cuando tuve una entrada, cuando tuve una entrada del gobierno, dejé la calle, con unos tristes 200 pesos que me daban, con los microemprendimientos productivos. Pero fueron seis meses nada más. Esa fue una ayuda que no nos sirve, tampoco, hermana. No nos sirve. Yo tengo el corazón hecho pelota, como quien dice. ¿Y cómo voy a vivir con eso? ¿Qué ganan con darles remedios a las personas que ni siquiera nos podemos mantener?

>>> Lo que hay que hacer por diez pesos

-¿Qué le pasó a tus dientes?
-Mirá, se me rompieron a sopapos de los tipos. Un tipo me volteó todos los dientes a sopapos. Yo después me hice la prótesis, pero viste que adelante me faltan. Es porque otro tipo a sopapos me rompió la prótesis y nunca más la pude arreglar. ¿A vos te parece eso? ¿Quién dice eso? Las mujeres cuentan de otra forma las cosas. Yo cuento cómo es y no me avergüenzo, y si lo tengo que gritar en el medio de la gente, no me importa que haya un público, y voy a decir lo que dije hoy, lo voy a decir siempre.
-Porque cuando una entra a esa habitación no sabe con quién entra. Puede ser un excelente padre de familia.
-Pero aparte porque nosotras ya somos discriminadas. A mí me han dicho “Ay, pero qué te pasa, que te venís a hacer la… si sos una puta. Si a vos te gusta esto". Si me trataba mal, yo decía: “Pará, hermano, si yo soy un ser humano”. “Pero a vos te gusta, qué decís que no”. Porque la gente está equivocada, cree que una lo hace porque le gusta. “Que haceme esto, que haceme aquello, haceme…” ¿Qué tenemos, cara de trapo, tenemos nosotras? ¿Que vamos a ir a poner en todos lados el cuerpo de ellos en nuestra cara, porque total nuestra cara no vale y nuestra boca no vale? ¡Por favor! Porque es así. Vos tenés que ir a poner la cara, olerle todo, que ni se lavan y no se quieren lavar, “qué te hacés la delicada, si a vos te gusta”.
-Porque te pagan.
-Ellos piensan, la mentalidad del hombre es así. Vienen y te pagan porque en la casa no se los hacen, ellos piensan que uno lo tiene que hacer porque te pagan. Pero lo que pasa es que antes era muy perverso el hombre.
-Pero ahora también, de otra manera.
-Sí, fijate que un día me voy con un viejo que no podía ni caminar, viejo hijo de puta. Y estaba ahí, que “escuchame, hacé algo, dale, porque yo no puedo”. Y yo le digo “Y a mí qué me importa que vos no puedas”. “Sí, te importa, para cobrar…” ¿Y cuánto me dio? Diez pesos. Y me fui por diez pesos porque lo necesitaba. Y después tres horas estuvo para sacarse la ropa. Y yo necesitaba los diez pesos. Te da risa, pero es así. Y después al viejo que no se le paraba. Y dale, y dale… “Pero por favor, le dije yo, pero por qué no te vas”. Y me dice: “yo te voy a cagar a trompadas, si vos sos una puta, tenés que hacer lo que yo diga… Para eso te pagué.”
-La humillación...
-Sí. ¿Sabés lo que es eso? ¿Sabés cómo te duele? Como te arranca la piel eso, es un dolor que, mirá…, no tiene explicaciones, cuando te están tratando de esa forma. Y encima me quería pegar. Yo le daba un soplido y lo mataba. Si lo agarro bien lo mato al viejo. Yo disparaba y no quería que me pegue, porque si me agarraba a mano me pegaba. Porque te pagan diez pesos vos tenés que aguantarle dos horas, tenés que ayudarlo, total el pito es limpio y mi boca es una porquería, así que yo puedo poner el pito de él en la boca, no hay problema. ¿Qué problema puedo tener yo, si no soy un ser humano, soy una puta? Y el viejo ni se podía mover. No te podés mover, le dije, pero bien que te gustan las mujeres. Como si sirvieras…

(Interviene una amiga de Eva, también en estado de prostitución, y ha estado escuchando callada)
-Es como si fueras una máquina. Es una frialdad que tienen, vas con un tipo, chin, chan, y una llega a la casa, tenés una frialdad, no sentís. Yo, en mi caso tengo mi marido, pero me fui a mi médico, porque realmente me asusté, no sentía.
-¿Y qué te ha dicho?
-El médico no sabe lo que yo hago. Entonces me dijo si yo sentía con él amor, si lo amaba. Dije “amar no lo amo, lo quiero”, pero yo calculo que como mujer, yo estoy con él, por ejemplo tranquila, relajada, sin pensar que es un cliente, no siento, no tengo sensación, no tengo…
-Estás adormecida.
-Orgasmo no tengo. Hace ocho años. Te juro por mis hijas. Te juro que estoy pensando en ir a un psicoanalista, algo, porque al ginecólogo voy y me da cosa…
-Pero no le estás diciendo la verdad.
-No, pero el problema soy yo. ¿qué puede decirme el médico?

>>>La cuenta pendiente

(Vuelve a hablar en voz muy baja Eva, desde su lecho de enferma).
-Yo por ejemplo dejé a mi marido cuando nació mi hijo, que tiene 31 años, y nunca más pude tener pareja. Nunca me pude enamorar más. Yo le veo al hombre, por ahí hay un muchacho que a mí me gusta, porque yo soy una persona, y ha habido personas que me han gustado muchísimo. Yo digo uyyy, por ahí me engancho con esa persona, y hablo y todo con esa persona, y sólo pensar que tengo que ir a la cama con él… Y yo hace 31 años que no tengo marido.
-¿Cómo te sentís?
-Bloqueada, estoy, bloqueada. Y yo digo siempre, que a ver si yo me arrepiento de decir por qué no tengo un marido, por qué no tengo a alguien al lado mío, un novio, una pareja. Sabés qué lindo es tener una pareja.
Yo estoy contenta con mis hijos, pero nunca puedo llegar a contarles todo lo que a mí me pasa, lo que a mí me gusta. Yo quiero tener un hombre a mi lado, un compañero, para salir… Hace 31 años que no salgo a un baile, que no me voy a rozarme con un hombre, sacado de lo que me rocé antes realmente, no es eso lo que yo quiero. Hasta ahora yo digo, me encuentro sola. Yo quiero charlar, hablar pavadas.
-Disfrutar de otra manera.
-Yo no siento nada por un hombre. Pero hay momentos, ahora, teniendo 64 años, ha habido momentos en que me hubiera gustado estar con un tipo que me bese, que me abrace, que me haga mimos, que tenga un cariño para mí, que me toque. Pero si me llega a tocar esa situación, no me permito. Hubo hombres que bueno, que yo les he gustado por mi manera de ser, por todo eso, y he tenido citas, pero jamás he ido a esa cita, porque el solo pensar que tengo que llegar a eso... Yo siento que tendría que haber tenido una pareja. Soy joven todavía, aunque tenga 64. Pero no es el momento del sexo, sino de tener alguien que te abrace, que te bese, que vayamos a un lugar solos, que hablemos pavadas, y si tenemos que tener sexo, que lo tengamos, pero conmigo no va a tener suerte, porque llego a eso y… nada. Pero es lindo tener un hombre cerca, ir a comer un choripán, charlar.
-Tu cuenta pendiente es esa, hermana, buscar el amor.
-No sé si voy a llegar a eso. No soy una mujer para que digan “esa viejita”. Todavía estoy bien. Pero no me enamoro de nadie. Miro a los hombres y no me gustan. A veces estoy sintiendo algo, pero cuando llega la verdad, es como que ya le tengo bronca. Y me pierdo. Y nunca más me ve.

Fuente: lavaca

*Nota relacionada: Los que viven de la prostitución

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21/12/2008 GMT -6

Encuentran cuerpo de actriz en México

piezasdeaocho @ 21:42

Por: Agencias/México, DF
13 de Junio, 2008

Vanesa Martínez llegó al DF mexicano para bailar en un club nocturno. Dos meses apareció muerta en un hospital público.

Se fue el 20 de mayo de 2007 para desnudarse en un prestigioso club de la Zona Rosa de la Ciudad de México. El 11 de julio dejó de llamar a su familia. En el último mensaje decía que se quería volver y que no aguantaba el encierro y el hambre. Murió el 17 de julio en la sala de urgencias de un hospital por causas dudosas y su cuerpo apareció en la morgue de la escuela de otra dependencia de salud: desde hacía varios días, los estudiantes practicaban disecciones con su cadáver. La familia reclama.

El cuerpo morocho, desnudo sobre la helada camilla de una morgue, cautivaba. Los estudiantes que una y otra vez metieron el bisturí en el cadáver para practicar medicina lo comentaban. Pocos sabían que se llamaba Vanesa Martínez, la chica argentina desaparecida desde julio de 2007, contratada presuntamente por una red de prostitución para “desnudarse” en la pista del prestigioso baile del Royal Club, en la Zona Rosa de la Ciudad de México.

¿Cómo llegó a la morgue?, se preguntan los familiares, indignados, pidiendo conocer la verdadera causa de muerte de “Vane”, de 27 años, de carácter fuerte y una diosa de las fiestas porteña y las películas porno.

Ilusiones truncadas

Se embarcó a México en un viaje sin retorno el 20 de mayo de 2007. Se calzó unos apretados jeans, una sonrisa gigante y la ilusión de hacer “plata”. Entró al país azteca como turista. Los mismos individuos que le prometieron hotel, buena paga y trabajo seguro, le conseguirían también un permiso. Llamaba frecuentemente a su familia, en especial a su hermana Silvana y a sus sobrinos. “Era muy amorosa”, dijo, y cuenta que tenían contacto por chat, y que les mandaba fotos.

Misteriosamente dejó de llamar el 11 de julio pasado, pero antes, su carácter fuerte se desmoronó. Repetía que se quería volver a Buenos Aires, que no aguantaba más sin comer, enferma y aislada. ¿Quién no la dejaba volver? No lo explicaba. “Estamos buscando a los que se la llevaron, sabíamos dónde estaba porque ella dejó todo anotado en una carta, a dónde iba, con quién fue, quién se la llevó, cuánto le iban a pagar”, comenta Silvana.

Vanesa murió el 17 de julio, en una sala de urgencias del Hospital Gregorio Salas bajo circunstancias que la Justicia mexicana aún debe explicar. El acta de defunción únicamente dice: “Insuficiencia respiratoria aguda, neumonía y desequilibrio hidroeléctrico moderado”. La familia no lo cree. Sabe que es “Vane” porque le mostraron las fotos con cicatrices que tenía en el cuello y en las manos, y su tatuaje. También le comentaron algo de sus vistosas orejas: “Como las de Dumbo”, se burlaba la familia.

Doloroso descubrimiento

Los familiares recorrieron sendas puertas burocráticas y por fin el viceconsulado argentino se hizo cargo de la denuncia en la Fiscalía Especial para los Delitos de Violencia contra las Mujeres y la Trata de Personas de la PGR, que nada hizo. “¿Por qué nos mintieron? Queremos saber si la tenían encerrada, si murió por sobredosis de drogas, si la torturaron, si no le daban comida, si estaba enferma. Todo este tiempo supieron que ella estaba muerta y no dijeron nada”, dijo su hermana.

El diario Reforma de México publicó la historia de Vanesa y las fotos. A los pocos días, el encargado de la morgue de la Escuela de Medicina del Instituto Politécnico Nacional llamó a la Procuraduría General de Justicia del DF para informarles. Hace tres meses que habían empezado a practicar con el cuerpo de Vanesa. El embajador de Argentina en México, Jorge Raúl Yoma, dijo que la desaparición de Vanesa es un tema fundamental para la representación diplomática, pero descartó que realicen una investigación paralela a la de la Justicia mexicana. No se sabe quién la retuvo en México, por qué desapareció repentinamente y cómo reapareció en la morgue de un hospital. Será el próximo 14 de junio cuando se le practique la necropsia a Vanesa, para lo cual viajará a México un médico forense argentino.

Fuente: El Siglo de Torreón

12/12/2008 GMT -6

Prostituídas y prostituidores: dos psicologías enfrentadas

piezasdeaocho @ 16:02

Ponencia del filósofo y escritor Carlos París en el I Congreso Internacional sobre Explotación Sexual y Tráfico de Mujeres (2005).

Prostituídas y prostituidores: dos psicologías enfrentadas

Por Carlos París

Voy a imprimir un pequeño giro al tema que me ha sido propuesto por la organización del Congreso, “Prostituidas y prostituidores: dos psicologías enfrententadas”, para analizar más que los aspectos psicológicos- en que, por añadidura no soy experto- los roles o papeles de ambas partes. Pienso, en efecto, que las psicologías en cuanto fenómenos individuales, tanto del cliente como de la prostituída, pueden ser enormemente variadas, recorren un amplísimo campo de posibilidades, en cambio, sus situaciones objetivas, los papeles desde los cuales uno y otra se relacionan resultan susceptibles de una descripción comunitaria y representan el nudo del debate sobre la prostitución, así como de las políticas con que esta realidad debe ser afrontada. Y, como se trata de una relación dual, con funciones complementarias, me veré obligado a hablar de sus dos términos, no sólo el llamado “cliente” sino también de la mujer o prostituída. En esta perspectiva nos encontramos ante dos lecturas y valoraciones inversas: la que podemos designar como leyenda áurea o leyenda rosa de la prostitución y aquella que desvela la cruda realidad de los hechos.

Cliente y prostituta en la “leyenda äurea”

“Dos adultos mantienen una relación sexual tras convenir un precio”. ¿No constituye ello un acuerdo perfectamente aceptable? Puede ser repudiada semejante relación si es establecida con menores de edad, con personas sometidas a coacción, forzadas, o si entran en juego drogas ilegales. Pero no, si trata de una relación entre seres libres, en el ejercicio pleno de sus facultades. Así se explica la Asociación de Empresarios de Locales de Alterne, (ANELA) según reproduce Joaquín Prieto en una reciente colaboración publicada en El País. (1)

Consecuentemente, fuera de estos límites, condenar la prostitución únicamente tiene sentido desde posiciones que rechazan el sexo y su libre ejercicio, desde actitudes represivas ante la sexualidad. Ya sea por inmadurez y ñoñería ante nuestro cuerpo y sus pulsiones, por falta de capacidad para asumir nuestra plena realidad. Ya, según la doctrina católica oficial, por la ordenación de la sexualidad humana a la reproducción que permite su ejercicio exclusivamente dentro del matrimonio y sin el uso de medidas contraceptivas. Aunque, ciertamente los teólogos no hayan tenido empacho en considerar necesaria la prostitución, según la teoría del “mal menor”. Y, curiosamente, es esta teoría la que hoy vemos reaparecer, secularizada, en voces como la de la catedrática Mercedes García Arán, que, si bien no osan entrar a discutir éticamente la relación prostituyente, mantienen que su supresión generaría caóticos desordenes. (2)

Mas no es ésta teoría del mal menor, la visión expresada por la ANELA, y, en general, por las posiciones proclamadoras de la leyenda áurea. Según ellas, se trata de una relación en que un individuo, normal y mayoritariamente un hombre, requiere ciertos servicios y está dispuesto a pagar por su suministro, a quien se los proporcione. Estos servicios son de índole sexual. Pero nada los diferencia, a no ser que tengamos una concepción represiva de la sexualidad, de otros, tales como la limpieza del hogar, la atención del camarero o camarera a la mesa en que nos sentamos en una cafetería, el tratamiento por el médico de nuestras dolencias o la asistencia que el abogado nos proporciona en un trance jurídico. Y el individuo en cuestión busca y encuentra una mujer dispuesta a prestarle los servicios deseados. Lo hace libremente, de acuerdo con esta descripción, pero, sin duda -hay que reconocerlo- no por gusto, buscando su satisfacción propia, al modo del cliente. Ni mucho menos por amor, cosa imposible, tratándose, al menos en un primer encuentro, de un desconocido. Lo hace, y ello diferencia radicalmente esta situación de las habituales, normales, relaciones sexuales, para obtener unos ingresos que le permitan sobrevivir en los casos más necesitados o le posibiliten elevar su nivel de vida en meretrices acomodadas.

Entonces, su entrega y actividad ha de ser planteada como un trabajo. La prostituta es redefinida como “trabajadora del sexo”. Se aduce, para quitar  hierro al asunto, que incluso hay trabajos más duros y más explotadores que el suyo. Y, como los otros trabajadores,  la mujer dedicada a la prostitución debe obtener los derechos laborales que la actual legislación prescribe. Tal es la perspectiva de las relaciones entre cliente y prostituta defendida por los partidarios de la leyenda áurea y cuya  consecuencia práctica es que la prostitución debe ser aceptada y mantenida, sin más necesidad que la de regularla por parte de los poderes públicos.

La cruda y dura realidad de la relación

Es interesante observar el falaz juego de esta descripción punto por punto. Algunos detalles de importancia menor, no dejan, sin embargo, de ser significativos. Por ejemplo, he hemos hablado de “un individuo” y ello no siempre se ajusta a la realidad. No debemos olvidar que muchas veces la visita a los burdeles se realiza en pandilla. Como una juerga colectiva, por hombres cargados de alcohol- droga admisibe en la doctrina de la ANELA, pues no está prohibida- y en un clima supermachista, en el cual alguno llega a decir: “vamos a dar una paliza a las putas”. Si no siempre es tan alto el grado de brutalidad y actitudes primarias, en todo caso resulta normal la acumulación de clientes que, sucesivamente, en lamentable hilera, se satisfacen con una prostituta, en ocasiones hasta agotarla. Según Anita Sand se puede contar el número de cuarenta o cincuenta clientes por cada mujer prostituída. (3)

Pero lo decisivo, sin extendernos en comentar aspectos más accesorios, es el deslizamiento que se ha producido de la realidad a su idealización manipulannte. Y la tranquila aceptación de un mundo degradado. Las relaciones sexuales humanas son expresión bien del amor en los casos más nobles, bien de un deseo de goce libre y mutuamente compartido. Y tal es su normal realización. No debemos olvidarlo. En la prostitución asistimos a una radical transformación de estas relaciones. Degradadas y desiguales, se han convertido en “prestación de servicios”.

En términos lógicos reina una completa asimetría. Y dicha asimetría, expresada en su forma más suave, es la de un protagonista dominante y una sirviente. De un lado se sitúa activamente un hombre que experimenta la sexualidad como necesidad fisiológica y como voluntad de goce. Posee el poder del dinero y, aún podríamos añadir, el prestigio social. Actúa como soberano. De otro un sujeto pasivo, la mujer, o -si se quiere ampliar el campo hacia fenómenos más minoritarios- el ser prostituído, para quien la relación no tiene más razón y atractivo que el de los ingresos que le proporciona. Sólo éstos le dan sentido. Pero, entonces, se ha convertido, no ya en sirviente, sino en mero objeto, utilizado por el ser que goza de ella. Podemos decir que la mujer sumida en la prostitución no se ve en función de sí misma, sino en el espejo que es el ojo del cliente, como realidad que puede satisfacer a éste. Se ha borrado a sí misma, como ser personal, convertida en mercancía. Por supuesto, la terminología de cliente y prostituta, debe ser sustituída por la prostituidor y prostituída.

Patriarcalismo, mercantilismo  y racismo en la prostitución

El carácter patriarcal de la relación resulta evidente. Corresponde a un mundo en que el varón maneja el dinero y tiene derecho a satisfacer a gusto sus instintos. Son tan poderosos que no se les puede poner barreras. En otro caso se incendiaría el mundo. La mujer aparece como un ser necesitado, carente de posibilidades por sí misma y además es despojada de sexualidad propia. Aunque rizando el rizo de sus sumisión, simule un placer no experimentado, para gratificar la virilidad del prostituidor. Es el colmo de la farsa montada por la dominación patriarcal.

Significativo de este carácter patriarcal de la prostitución resulta el hecho de que el combate por la abolición de la prostitución es en su mayor parte librado por mujeres feministas. Por aquellas que promueven un mundo igualitario, roto el dominio del varón, mientras que tantos hombres se muestran partidarios de mantener la prostitución. Los que la defienden más encarnizadamente son beneficiarios económicos del fenómeno como empresarios o chulos, otros se complacen en frecuentar los burdeles y finalmente muchos poco sensibles para la liberación total de la mujer se muestran indiferentes o abogan por la regularización. Y, así, sólo se consiguió la prohibición y sanción de los clientes en Suecia, cuando el Parlamento resultó compuesto igualitariamente por hombres y mujeres.

Junto al patriarcalismo, se manifiesta el mercantilismo que ha dominado la historia humana y ha alcanzado su ápice en el capitalismo. Ambos en estrecha relación. Como acabo de escribir es el varón quien maneja el dinero. Compra a la mujer en la forma más extendida de prostitución. En nuestra sociedad capitalista en que el dinero constituye el resorte más importante de poder, su distribución entre sexos es aplastantemente desigual en todos los niveles sociales. De un lado la feminización de la pobreza, de otro la acumulación de la riqueza o la superioridad de ingresos en manos masculinas. Y a partir de aquí la mercantilización inunda todo el mundo que estamos analizando.

Conforme a una sentencia del Tribunal de Luxemburgo de 2001 la prostitución constituye una “actividad económica”. Para la OIT (Organización Internacional del Trabajo) el “sector sexo” debería ser incluido en el actual mundo industrial. (4) Y, evidentemente, estamos en presencia de una actividad económica. Según datos aireados por la portavoz socialista en la Comisión de Derechos Humanos del Parlamento Europeo, Elena Valenciano, sólo en España mueve dicha actividad 40 millones de euros diarios y alcanza en el mundo la cantidad de 5 billones de euros anuales. (5) En algunos puntos del planeta este mercado del sexo alcanza proporciones extraordinarias. Según el informe de la OIT la prostitución constituye la principal fuente de ingresos en las economías deprimidas del sureste asiático (Malaisia, Indonesia, Tailandia y Filipinas). Ello ha exacerbado el reclutamiento de mujeres para dicha actividad. (6)

Y, en conjunto, se sitúa junto al mercado de armamentos y la droga entre los más cuantiosos negocios de nuestra sociedad. No deja de sorprender entonces el interesado y acendrado vigor con que la prostitución es defendida por sus actuales beneficiarios. Pero, aún se llega más lejos, cuando se proclama que su legalización suministraría importantes ingresos a las arcas de los Estados, gracias a la percepción de impuestos, como también defiende la OIT.

Mas semejante situación convertiría al Estado en cómplice y proxeneta. Consideración nada honrosa para un Estado que se pretende de Derecho. Al término despectivamente usado de “Estado bananero” habría que añadir ahora el de “Estado putero”. Y es que, evidentemente, el hecho de que la prostitución constituya una actividad económica explica el interés de sus beneficiarios, mas no justifica el mantenimiento de la misma. Como tampoco el del tráfico de armas y de drogas. Mas bien pone a la luz el carácter perverso de la prostitución, al transformar las relaciones sexuales en compraventa y al convertir en mercancía los cuerpos humanos, las mujeres, y su capacidad de servir de objeto de desahogo para los apetitos sexuales del varón. Como en Suecia propaló la campaña que condujo a la abolición de la prostitución, “comprar cuerpos humanos es un crimen”. Expresión justa, nada desmesurada, si nos percatamos de que, si bien la vida física de la prostituta no es suprimida -aunque en el límite de la violencia que, dígase lo que se quiera reina en este campo, se lleguen a producir verdaderos asesinatos (7)- en todos los casos, aún sin violencia física, se anula la condición humana y personal de la mujer prostituída, al tratarla como mero objeto, al modo del esclavo.

Y la intensa actividad que mueve la prostitución debe ser categorizada, consecuentemente, como “crimen organizado”. Con el cual el prostituidor colabora activamente, ya que sin él no sedaría. Tal es la realidad recientemente denunciada en otra oportuna campaña, esta vez, en Almería, mediante carteles cuyo texto afirma: “La prostitución atenta contra los derechos fundamentales de miles de mujeres y niñas en todo el mundo y existe porque tú pagas”.

Junto al patriarcalismo y el mercantilismo, también otra lacra de nuestra historia se manifiesta aquí: el racismo. El hecho básico es la desigualdad económica y de poder entre razas que arroja a la mujeres de las razas dominadas al ejercicio de la prostitución, tanto en sus propios países como en tierras a que, en el tráfico de carne humana, son llevadas. Pero, además florece cierta mitología de lo exótico y de ardiente sexualidad de las mujeres no blancas, como han analizado y documentado Laura Keeler y Marjut Jyrkinen. (8)

La pretendida libertad

En una relación patriarcal, mercantilizada y racista ¿se puede mantener la libertad de la mujer prostituída? En la descripción áurea de las relaciones entre cliente y prostituta se afirma la libertad de la prostituta como requisito para una relación lícita y, por ende, regulable. Aun en el supuesto de aceptar la conversión de la sexualidad en negocio mercantil, evidentemente todo contrato económico, para ser válido ha de establecerse en condiciones de libertad. Entonces debemos preguntarnos ¿existe verdaderamente esta pretendida libertad?

Al respecto, podríamos considerar tres grandes situaciones típicas en la mujeres que se encuentran sumidas en el orbe de la prostitución. En primer lugar aquellas que han sido literalmente forzadas, obligadas bajo poderosísima coacción a convertirse en prostitutas, cosa que -como no deja de ser natural- en modo alguno deseaban. Resulta que, en nuestros días, y en nuestro mundo industrial avanzado, constituyen la inmensa mayoría. Según datos de la Policía Nacional y la Guardia Civil, el 90% de las mujeres que actualmente ejercen la prostitución en España son extranjeras. Evidentemente no se trata de turistas que viajan desde países ricos y quieren compaginar nuestro sol y nuestras playas con la prestación de servicios al macho ibérico. Vienen de países de la Europa del Este, cuya incorporación al triunfante capitalismo globalizador les ha hundido en la miseria, también provienen del subdesarrollo creciente de naciones de Ibero-América, o de la abandonada África. Han sido traídas engañosamente con la promesa de ofrecerles un trabajo, que no se anunciaba precisamente como “trabajo del sexo”. Y, luego, llegadas a la tierra prometida, tras haberse endeudado hasta las cejas, son forzadas a ejercer la prostitución. Caen prisioneras, encerradas, a veces sin otra ropa que la erótica con que deben excitar a los clientes, pero con la cual no pueden salir a la calle. Amenazadas y sometidas al terror, en ocasiones, son, incluso, vendidas. Semejante tráfico de carne humana femenina, que adapta a los tiempos actuales el transporte de esclavos, no es un fenómeno marginal en la realidad que estamos considerando, como los voceros de la prostitución pretenden, define su situación aplastantemente mayoritaria. En la cual las mujeres son víctimas, tanto de la violencia y la codicia patriarcal, como de la que preside, en estrecha relación con ella, el actual orden económico mundial. Y el llamado turismo sexual -ahora con el aditamento de explotar infantes desvalidos- completa y redondea este siniestro panorama en que los varones ricos y poderosos del Primer Mundo satisfacen sus instintos en la carne de los países pobres, esperándola en su confortable mansión o viajando en busca de ella.

Es el tremendo espectáculo que ofrece un mundo interrelacionado y cruzado por las comunicaciones en una tecnología puesta al servicio no del desarrollo planaterio, sino de la voluntad y beneficio de los poderosos. Pero, no sólo la prostitución es ejercida por mujeres arrancadas a su patria, también es practicada, y así tradicionalmente lo ha sido, en el propio país, sin necesidad de salir de él, a veces con el desplazamiento de las zonas más pobres, rurales, a las grandes urbes. En este sentido se puede dibujar un recorrido que va del pueblo al servicio doméstico en la ciudad, y, en él, al abuso de los señoritos de la casa para acabar en la prostitución. ¿Es factible describir esta historia como un ejercicio de la libertad? En primer lugar, sin duda, cabe hablar de los hombres en cuyas manos esta criatura puede caer para ser explotada y manejada, de los chulos en pequeña escala y de los propietarios de locales y negociantes del sexo. Pero, aún prescindiendo de estas situaciones, imaginando una mujer que ejerce como prostituta por cuenta propia ¿en qué medida la decisión de vender su cuerpo es libre? Distingamos, al respecto, entre voluntariedad y libertad. Y, con arreglo a tal precisión, podríamos decir que en este caso la decisión es voluntaria, pero no estrictamente libre. Aunque arranca de la iniciativa personal, no de una directa coacción de un individuo dominador, está condicionada tal opción por un marco de posibilidades que la fuerzan. Por el acecho de la miseria, de la indigencia, de la penuria. La prostitución aparece como vía para sobrevivir.

En un reciente programa de televisión sobre el sexo en Brasil, una mujer que se ganaba la vida como prostituta así lo declaraba. No había encontrado otra posibilidad para sobrevivir y confiaba en que, ejerciendo la prostitución, conseguiría que su hija no se viera obligada a afrontar el mismo triste destino. Ciertamente no parecía muy satisfecha con su mal llamado trabajo.

Por encima de estos dos mundos, se encuentra el minoritario de la prostitución de lujo, o alta prostitución. Está integrado por mujeres que, supuestamente, han ingresado en este universo de servicio al placer masculino, no por el apremio de la necesidad ni por la fuerza y el engaño, sino por el puro afán de lucro. Refinadas, educadas, obtienen los más altos ingresos por su actividad. Si Lenin hablaba de la aristocracia obrera, aquí -aunque ello no signifique aceptar la idea de la prostitución como trabajo- podríamos hablar de la aristocracia de la prostitución. Y parecería, a primera vista, que en este nivel ciertamente la elección ha sido indiscutiblemente libre.

Examinemos críticamente esta presunción. Sin duda no han actuado las intensas coacciones físicas y económicas que hemos denunciado en los mayoritarios casos anteriores, pero, aún en esta realidad minoritaria, se acusa la presencia de presiones sutiles que cuestionan la pretendida libertad. En primer lugar, la escandalosa diferencia de retribución entre un trabajo productivo y los ingresos obtenidos por complacer los gustos del varón de alta posición. Situación sólo concebible en una sociedad dominada por el despotismo patriarcal, que rige su economía, y para el cual priman, sobre cualquier otra necesidad, los caprichos del hombre de las altas clases sociales. Y esta desigualdad estructural opera sobre mentes que han sido troqueladas por la mitología del consumo, por el acceso a lujos, a los cuales este hombre satisfecho por el servicio femenino abre puertas. Como vemos, la pretendida libertad de las mujeres dedicadas a la prostitución se esfuma, cuando la sometemos a crítica, y, al modo en que Diógenes buscaba al hombre verdadero, tendríamos que tratar de encontrarla con un candil.

La prostitución disfrazada como trabajo

Si hemos examinado críticamente la pretendida libertad de la mujer prostituída, no resulta menos importante atender, ahora, al intento de convertir su actividad en un trabajo. Quizá este planteamiento trate de basarse en el hecho de que la prostitución es una actividad económica, como hemos visto, y representa una fuente de ingresos para la persona que se dedica a ella. Pero, evidentemente, no toda actividad que genera ingresos para quien la ejerce puede ser categorizada como trabajo. En tal caso habría que considerar el robo o la estafa como trabajos, a veces de alta calidad y muy rentables. Y, ciertamente, así son expresados en el argot del gremio de ladrones o estafadores, pero no en el uso social y jurídico. Lo mismo cabría decir del juego, y a nadie se le ocurre que comprar un décimo de lotería y cobrar el premio, si éste es obtenido, se defina como un trabajo. En cambio, se dan verdaderos trabajos, como el llamado “trabajo voluntario”, que, hechos por altruismo, no revierten en ninguna compensación económica. Y en la histórica explotación de la mano de obra esclava asistimos, sin duda, a duros trabajos que no son retribuidos.

El concepto de trabajo, rigurosamente entendido, supone el desempeño una actividad encaminada ya a la producción de una obra, industrial, manufacturera, intelectual o artística, ya a la extracción de bienes naturales, como en la minería o la pesca, ya a la prestación de servicios. Es preciso insistir en la idea de “actividad”, como algo que pone en funcionamiento nuestras facultades físicas y mentales, según las destrezas que previamente hemos adquirido. Así el obrero en la sociedad capitalista, a cambio de un salario, vende su fuerza de trabajo al propietario de los medios de producción. Se puede hablar de explotación, en la medida en que el capitalista obtiene una plusvalía. Se beneficia del trabajo y aumenta su riqueza. Y, ciertamente, el sistema capitalista no representa la forma más justa y humana de organizar la producción, que encontraría en la propiedad colectiva de los medios de producción una fórmula más alta y racionalmente equitativa. Pero, indubitablemente, lo que el proletario vende es su fuerza de trabajo. Algo exterior, no se vende a sí mismo. No vende su cuerpo, ni su intimidad. La mercancía que sitúa en el mercado laboral es su capacidad productiva externa, no su realidad personal, como el esclavo o la esclava que son vendidos y comprados en su entera realidad, en un mercado de carne humana, despojados de la condición de personas.

Y algo análogo podemos decir de otros trabajos, en que una actividad, sea la propia de una profesión liberal, sean servicios manuales, logra una retribución. Un cliente de un restaurante no se permite derechos sobre el cuerpo de quien le sirve. Y el camarero o camera consideraría un ultraje ser manoseada por dicho cliente. Tampoco una persona que se vale de los servicios de un médico o de un abogado adquiere el derecho de imponerle sus ideas o aspirar a que realice acciones que contradigan la ética del profesional. Y es que, aunque en ocasiones se afirme que en nuestra sociedad todo se compra y se vende, aún el más descarado mercantilimo tiene sus límitres. Y, entre ellos, debe figurar la prohibición de comprar algo tan íntimo, personal y noble, como es la sexualidad y su realización.

Frecuentemente se dice, con justo repudio, que en la prostitución se compra el cuerpo de la mujer o del ser prostiuído. Ello es verdad, pero aún tal decir constituye una expresión demasiado débil, respecto a la intensidad de la venta. Porque el cuerpo no es algo exterior, que posee un yo angélico, como pensaba Descartes o ha expresado Gabriel Marcel. El cuerpo es nuestra realidad personal, inseparable del yo, es aquello que nos define, con que hacemos nuestra biografía. Constituye nuestra identidad. Vender el cuerpo es venderse a sí mismo. Y si es alguien exterior quien realiza la venta, como, por desgracia, ocurre con notable intensidad en el tráfico de mujeres es un vendedor de esclavas, como los antiguos negreros.

Conceptualmente, no es posible, por todo lo que acabo de argüir y han argumentado muchas voces, categorizar a la prostitución como un trabajo, sin incidir en grave confusión. Pero, además, debemos pensar en las consecuencias lógicas, a que conduciría la inclusión de tal actividad en el mundo laboral, si se desarrolla estrictamente. Como ha puntualizado Lidia Falcón, en tal caso, habría que pensar que a una prostituta sin trabajo le correspondería ir al INEM a solicitar un burdel y se abriría una bolsa laboral con la oferta de puestos de prostitución. Entonces cabe –prosigue Lidia Falcón– que “a cualquier mujer que se encuentre en el paro, aunque previamente haya trabajado siempre en fábricas u oficinas, se le podrá ofrecer el “empleo” en un burdel. Si no tiene trabajo en el sector en que se ha formado, puede, sin embargo, ser prostituta”. (9)

Parece una siniestra broma surrealista. Sin embargo, observemos lo que nos relata Gisela Dütting en Holanda: ”...a algunas personas desempleadas se les ofreció trabajar como recepcionistas en burdeles. Si se niegan a aceptar el trabajo, pierden sus beneficios sociales y el seguro de desempleo”. (10) Aunque el trabajo ofrecido no era estrictamente el de prostituta, imponía la colaboración y presencia en esta actividad a personas que la rechazaban y al rechazarla quedaban gravemente perjudicadas.

En línea con todo lo que venimos comentando, el Grupo de Trabajo sobre las Formas Contemporáneas de la Esclavitud del Consejo Económico y Social de las Naciones Unidas, en el año 2003 se declaró “convencido de que la prostitución nunca puede considerarse un trabajo legítimo”.

La degradación del prostituidor

Si, en la relación entre prostituída y prostituidor, la explotación y alienación a que la primera de estas figuras es sometida, se revela escandalosamente manifiesta, una vez que hemos desenmascarado la leyenda áurea, no deja de ser cierta también la degradación en que el prostituidor cae. Como ya en otras ocasiones he explicado y escrito, (11) semejante degradación adquiere dos aspectos principales. Uno de ellos es la despersonalización, el otro la deshumanización, la caída en una conducta puramente zoológica, de instintividad animal.

El llamado cliente paga, utiliza la superioridad de su dinero para comprar a una mujer -en ciertos casos un niño, niña o un adulto masculino- que se encuentra en inferioridad económica. Pero, al hacerlo, no solo cosifica el ser comprado, borra, también, su identidad personal propia. Se convierte, dentro de una íntima relación, en mera y pura moneda, que es aquello a que la prostituida se ofrece. ¿No representa una alineación perder el rostro humano y transformarlo en un fajo de billetes? ¿No se desprecia a sí mismo en su identidad, al desaparecer transmutado en dinero?. ¡ Qué triste estima de su propia persona!

En el otro aspecto, el prostituidor aparece ciego para el mundo que las pulsiones sexuales abren en la condición humana. En lugar de dirigirlas hacia una relación personal, busca el mero desahogo fisiológico, a cuenta de un ser en quien descarga sus instintos. No sólo este ser utilizado es degradado, también lo es el hombre que actúa como mero macho animal.

Pero, además, es el responsable del hundimiento en una indigna humanidad. La prostiuída ocupa en su relación el lugar de víctima y de objeto. Es utilizada por la pura fuerza o por el poder económico. El prostituidor es el sujeto responsable de este abismo de inhumanidad. Para salir de él debe ser disuadido mediante el castigo, tal como en Suecia o en Corea del Sur se ha establecido. Tanto el proxeneta como el llamado cliente, más exactamente el degradado prostituidor, han de ser perseguidos hasta borrar estas criminales figuras de nuestra sociedad y avanzar hacia un mundo en que las relaciones sexuales alcancen la dignidad y plenitud que corresponde a la condición humana.


Notas:

(1) Prieto, Joaquín, “Una fábrica incontrolada de dinero negro”, El País, 27 de septiembre, de 2005, p. 17.
(2) García Arán, Mercedes, “ Prostitución y derechos” en “El Periódico” 4 de octubre de 2005.
(3) Sand, Anita, “Comprar sexo es un crimen” en Poder y Libertad, nº 34, año 2003, p. 38.
(4) Véase  la aguda crítica de Raymond, Janice, “Legitimar la prostitución- La Organización Internacional
del Trabajo llama al reconocimiento de la industria sexual” en “Poder y Libertad”, nº 34, año 2003, pp. 44-46.
(5) Valenciano Elena, “Mercado de mujeres” en el País, 31 de agosto de 2005.
(6) Raymond,  J. op. cit. p.44
(7) Una  investigación canadiense ha mostrado que las mujeres en la prostitución tienen cuarenta veces mayor riesgo de ser asesinadas, en comparación con mujeres corrientes ( Sand, Anita, “Comprar sexo es un crimen” en Poder y Libertad, nº 38, año 2003, p. 39.
(8) Véase Keeler, Laura y Jyrkinen M. “Racismo en el comercio sexual en Finlandia” en Poder y Libertad, nº 34, año 2003, pp. 48-50.
(9) Falcón, Lidia, “Falsedades sobre la prostitución”, en Poder y Libertad, nº 34, año 2003,p.  19.
(10) Gisela Dütting, “Legalizar la prostitución en Holanda” en Poder y libertad, nº 34, año 2003, p. 15.
(10) París, Carlos, “La degradación del hombre en la prostitución” en Poder y Libertad, nº 34, año 2003, pp. 26- 29.

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¿QUÉ INDUSTRIA INTERNACIONAL DE 56 BILLONES DE DÓLARES ES IGNORADA POR LOS CRÍTICOS DE LA GLOBALIZACIÓN?

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